El Coste de Oportunidad.

No hace falta ser inversor, ni empresario, ni broker: seguro que todos habéis sufrido alguna vez el coste de oportunidad o, como lo llaman algunos, el valor de la mejor opción no realizada.

 

Aunque es un término acuñado por un economista, lo que define se puede aplicar a cualquier ámbito de la vida y, también, a la carrera de un Artista. Y es que el coste de oportunidad es todo aquello a lo que renunciamos cuando optamos por A en lugar de B, en una situación donde tener A y B a la vez es imposible. ¿Estudio Derecho o Bellas Artes? ¿Dejo a mi novio o sigo con él? ¿Empiezo a comerme el Maxibon por la galleta o por el chocolate? ¡F*ck!

 

Todos hemos tenido que tomar decisiones como éstas alguna vez, pero… ¿Cuál ha sido nuestra motivación para decidir entre una opción u otra?

 

Si nos dedicásemos a las finanzas lo tendríamos muy fácil para responder a esta pregunta: nuestra motivación es obtener la mayor rentabilidad en el menor plazo de tiempo posible. Nos compramos una americana y ya podemos ser el jodido Lobo de Wall Street.

 

Pero resulta que nos dedicamos a la música. Y la música, en esto, se debería parecer más al amor; los sueños, o incluso al medio ambiente: no siempre lo más rentable a corto plazo es lo que más nos gusta, ni lo que más nos apetece, ni lo que más le conviene al resto del Mundo.

 

Hay una cosa que me alucina de la gente que se dedica al sector de la pasta pura y dura: deciden si algo es bueno o malo simplemente por un valor concreto, por un simple número. No existe nada más para ellos: todo se reduce a esa cifra. No importa qué la sostiene, ni si la sostiene algo. Se la pueden inventar – de hecho, se las inventan en nuestra puta cara todo el rato – y aún y así les funciona el sistema. Tan absurdo y patético como cierto y real.

 

En el mundo de la música, aunque nos vistamos de bohemios, no somos inocentes. La fiebre de los números nos ha infectado hasta la médula. De una forma un tanto estúpida, como si 1000 likes pagasen tu alquiler, cambiamos el símbolo del Euro por pulgares hacia arriba, me gustas, me encantas, me reproduces, me compartes y me sigues; y decidimos si algo mola más o menos en base a ello. No es de extrañar que, a su paso, esta fiebre haya dejado un reguero de cadáveres; especialmente en el mundo de la música electrónica, al que algunos han creído, erróneamente, el demasiado-grande-para-caer-aunque-rebose-de-mierda mundo del Pop sencillamente porque hubo un tiempo en el que sus fronteras se cruzaron.

 

Muchos han podido caer en la tentación de anteponer el resultadismo al criterio personal propio al tomar la decisión de si ir hacia A o hacia B, y es normal que uno acabe pagando un coste de oportunidad muy alto. Porque resulta que esto no es Wall Street, ni suele ser Tomorrowland. La música electrónica en su mayoría es de rebeldes y trinchera, y en los garitos no siempre hay pantallas de LED, ni pirotecnia, ni aftermovies. Este es un lugar en el que la gente baila en clubs pequeños, en bares, en comedores, en habitaciones, en antros. Un sitio en el que no todos son Hardwell, ni todos los promotores pueden cometer el suicidio económico que supondría contratarle.

Pero aún y así queda mucha, mucha, mucha gente que quiere bailar y consumir arte en forma de música. ¿Hemos pensado en ello cuando hemos decidido entre A o B? ¿A quién le estamos sirviendo? Y cuando hablo de estos garitos, clubs o habitaciones no hablo de música underground… ¿Nos sorprende que el trap casero en español o la pachanga funcione? ¡Alguien tiene que rellenar el hueco de la música que no tiene un millón de euros de material de decoración, iluminación, pirotecnia y superstarDJs alrededor! La peña quiere bailar. Joder, ¡bailar! Y no digo que haya que hacer esos rollos, Dios me libre, sencillamente que no podemos pretender estar poniéndole banda sonora a los vídeos de Nicky Romero cada fin de semana. Eso no es la vida real. Ni siquiera en 2012 era la vida real. La gente de la calle lo sabe; también la gente de los sellos, agencias de management, prensa, promotores… Nadie va a permitir que haya más cantidad de un formato caro, sobredimensionado y difícil de transportar al día a día que, por si fuera poco, está controlado y regido por unas normas que trascienden lo artístico y dominado por sólo unos pocos a los cuales les interesa aún menos la libre competencia. ¡Es que es de cajón!

Y claro, como hasta los gordos han tenido que ponerse a cambiar de registro por que las radios tampoco son el main stage de un mega festival, el tufillo a éxodo masivo invade la movida.

Veo a profesionales y aficionados de la industria deambular entre estilos, clichés y estrategias en su vida pública pero que se avergüenzan luego, en privado, al hablar de su propio trabajo y de lo que tienen que hacer, como dicen, por que no tienen más remedio.

 

¿Más remedio para qué? ¿Para conseguir números o para conseguir resultados?

 

La razón que les ha llevado a ello es que los números estuvieron ahí una vez y, en ese momento, aquella parecía la opción de mayor rentabilidad a corto plazo. Ahora que las cifras ya no están ahí, o que nos hemos dado cuenta de que con ellas no siempre van de la mano resultados reales, es demasiado tarde para ponerse a hacer otra cosa. No somos traders, que hoy compran acciones de una panadería y mañana de una empresa de armamento y ale, a dormir tranquilos. Resulta que se espera de nosotros que tengamos un cierto criterio, que no vayamos mareando la perdiz, que expliquemos una historia solvente con coherencia y, por encima de todo, que hagamos arte. Pero claro, en la era de Instagram y Facebook empezar de cero cada vez es inconcebible para nuestros sobredimensionados y nada rentables egos.

 

En 2017, en un Mundo post burbuja de casi todo, el valor no se va a simplificar a una simple, fría y estúpida cifra. El valor lo tendrán el arte coherente, arriesgado y de calidad.

El arte útil, aquél que dé un servicio real a aquellos que lo consumen.

El arte sostenible, capaz de sobrevivir y adaptarse a un Mundo como el de la música de baile que, aunque tiene pocos recursos, son más que suficientes si se utilizan con cariño, imaginación y respeto.

El arte entretenido, capaz de hacer que las cosas pasen de valer, a valer la pena.

 

 

 

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